«El frío en invierno y el calor en verano no es lo que esperamos de una vivienda.»
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La mayoría de los propietarios de viviendas han oído hablar alguna vez de los puentes térmicos. Sin embargo, para la mayoría de las personas no son más que otro término técnico procedente del lenguaje de arquitectos e ingenieros, algo que no parece tener ninguna relación con su propia vivienda. Al fin y al cabo, en su casa no hay ningún puente. Al menos nunca han visto uno.
Precisamente ahí reside el problema. Los puentes térmicos son invisibles a simple vista y, sin embargo, constituyen una de las causas más frecuentes de falta de confort en la vivienda moderna. Son responsables del sobrecalentamiento en verano, del enfriamiento excesivo en invierno, de la aparición de moho, del aumento de los costes de calefacción y climatización, así como del envejecimiento prematuro del edificio. Si después de apagar la calefacción o el aire acondicionado la temperatura interior vuelve rápidamente a acercarse a la temperatura exterior, es muy probable que la causa se encuentre precisamente en los puentes térmicos.
Los puentes térmicos no son grietas, fisuras ni defectos visibles. Una vivienda puede parecer moderna, de calidad y aparentemente bien construida, ya que el problema permanece oculto en el interior de la estructura.
Para comprender este fenómeno, imagine un puente sobre un río. A través de él pueden transportarse mercancías de una orilla a otra. Con la energía térmica ocurre algo muy parecido. Si en la estructura de un edificio existe un camino continuo formado por materiales que conducen bien el calor, la energía comienza a desplazarse libremente de una zona a otra. Ese camino es precisamente lo que llamamos puente térmico.
Resulta interesante que este concepto se interprete de manera diferente según el país. En la mayor parte del sur de Europa se utiliza el término «puente térmico», mientras que en muchos países del norte de Europa es habitual hablar de «puentes de frío». Sin embargo, desde el punto de vista de la física de la edificación no existe ninguna diferencia entre ambos conceptos. En invierno permiten que el calor escape de la vivienda y en verano facilitan la entrada del calor exterior. En realidad, hablamos de puentes de transmisión de energía térmica que funcionan con la misma eficacia en ambas direcciones.
Cuando se habla de puentes térmicos, la mayoría de las personas piensa únicamente en las pérdidas de calor durante el invierno. Sin embargo, para España y para todo el Mediterráneo existe otro problema igual de importante: el sobrecalentamiento de los edificios durante el verano.
Basta con observar el comportamiento de un edificio residencial típico en Barcelona o en cualquier otra ciudad del litoral mediterráneo español. Tras finalizar el verano, muchos de estos edificios conservan una temperatura relativamente confortable durante varios meses. Este fenómeno resulta especialmente evidente en edificios de gran inercia térmica construidos con estructuras de hormigón armado. Dependiendo de la climatología de cada año, es posible vivir en ellos con un nivel razonable de confort incluso hasta diciembre sin necesidad de calefacción.
Aunque a primera vista pueda parecer una señal de calidad constructiva, en realidad estamos observando un fenómeno completamente diferente. Durante la primavera, el verano y el inicio del otoño, las fachadas, cubiertas y demás elementos expuestos al exterior se calientan bajo la acción de la radiación solar. A través de los puentes térmicos, esta energía penetra en la estructura del edificio. Los forjados, pilares, vigas, tabiques interiores, suelos y techos se transforman gradualmente en un enorme acumulador de energía térmica.
Por esta razón, la sensación de calor dentro de muchas viviendas resulta tan intensa durante julio y agosto. El problema no se encuentra únicamente en la temperatura del aire. Las estructuras calentadas comienzan a devolver continuamente la energía acumulada al interior de la vivienda en forma de radiación infrarroja. En la práctica, todo el edificio empieza a comportarse como un gigantesco emisor de calor. Por ello, incluso con el aire acondicionado funcionando, muchas personas siguen percibiendo una sensación de calor persistente y difícil de eliminar.
En otoño la situación comienza a cambiar. La aportación solar disminuye y las temperaturas exteriores bajan progresivamente, pero la enorme masa de hormigón sigue almacenando la energía acumulada durante el verano. Por ello, muchas viviendas continúan siendo confortables durante bastante tiempo después de la llegada del tiempo fresco. Sin embargo, es importante comprender que este confort no es consecuencia de una envolvente térmica eficiente, sino de la energía almacenada previamente en la estructura del edificio.
Tarde o temprano esa reserva energética se agota. Normalmente ocurre entre diciembre y enero. A partir de ese momento el flujo térmico cambia de dirección. Si durante el verano la estructura cedía energía a los ocupantes, durante el invierno comienza a absorberla desde el interior de la vivienda. Muros, forjados, suelos y techos se enfrían y pasan de ser una fuente de confort a convertirse en una fuente de incomodidad.
Por ello, una persona puede sentir frío incluso cuando la temperatura del aire parece razonablemente confortable. El problema no se encuentra tanto en el aire como en las superficies frías que rodean constantemente al ocupante y le obligan a ceder calor de forma continua.
En gran medida, la popularidad de los sistemas de suelo radiante se construyó precisamente sobre este fenómeno. Hacen más confortable la superficie sobre la que caminamos, pero no eliminan la causa del problema. Los puentes térmicos siguen existiendo y el sistema de calefacción simplemente compensa sus consecuencias.
Con la llegada de los primeros días cálidos de primavera la situación tampoco cambia de forma inmediata. Mientras la estructura masiva del edificio permanezca fría, continuará absorbiendo energía del interior. Por eso muchas personas siguen necesitando calefacción incluso durante abril o mayo.
En realidad, nos encontramos ante un intercambio continuo e incontrolado de energía entre la vivienda y el entorno. En verano el entorno calienta la vivienda; en invierno se encarga de enfriarla. Mientras tanto, los ocupantes pagan el funcionamiento de sistemas destinados a compensar las consecuencias de este proceso.
Surge entonces una pregunta lógica: si en verano la vivienda es calurosa y en invierno fría, ¿para qué se han gastado entonces cientos de miles de euros? Porque la función principal de una vivienda no consiste simplemente en protegernos de la lluvia. Una vivienda debe protegernos de las condiciones exteriores.
Sin embargo, el elevado consumo energético y la falta de confort son solo una parte del problema. Los puentes térmicos generan además otro fenómeno especialmente perjudicial: el moho.
Debido al constante movimiento de energía, distintas superficies del edificio presentan temperaturas diferentes. Como resultado, se crean las condiciones perfectas para la aparición de condensación en las zonas más frías de la construcción. Con el tiempo, estos puntos se convierten en un entorno ideal para el desarrollo de moho y hongos.
Es importante comprender que no se trata de un problema accidental ni de una limpieza deficiente. El problema está integrado en la propia construcción. Es el propio edificio el que crea las condiciones necesarias para la aparición de moho y otros contaminantes biológicos.
Cuando la vivienda se utiliza de forma permanente, las consecuencias pueden controlarse parcialmente mediante calefacción, ventilación y ventilación natural periódica. Sin embargo, en viviendas de uso estacional la situación suele agravarse considerablemente. Cuando una vivienda permanece cerrada durante semanas o meses, la humedad continúa acumulándose y el moho penetra progresivamente en revestimientos, mobiliario y elementos interiores.
En este punto el problema deja de ser únicamente estético. La vivienda pierde valor en el mercado, aumentan los costes de reparación y aparecen riesgos adicionales para la salud de los ocupantes. Lo más preocupante es que la mayoría de los intentos de solución se centran en eliminar las consecuencias y no la causa del problema. Se repintan las paredes, se aplican pinturas antimoho o se sustituyen materiales de acabado, pero al cabo de un tiempo el problema reaparece porque las condiciones que lo originan continúan presentes en la estructura del edificio.
Por todo ello, los puentes térmicos no pueden considerarse únicamente una cuestión de eficiencia energética. Influyen directamente en la durabilidad del edificio, en la calidad del ambiente interior, en la protección de la inversión inmobiliaria y en la salud de las personas.
En la construcción energéticamente eficiente moderna, los puentes térmicos no se consideran un defecto menor, sino un grave error de proyecto que simplemente no debería existir en una vivienda contemporánea.
Vladimir Nazarchuk, 2026
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